Definición
El genio maligno (genius malignus) constituye la hipótesis metodológica que René Descartes introduce en la primera de sus “Meditaciones metafísicas” (Meditationes de prima philosophia, 1641) como recurso extremo para llevar la duda hasta su límite máximo y encontrar un fundamento absolutamente indubitable del saber. Descartes ha desmontado ya, a lo largo de la primera Meditación, la fiabilidad de los sentidos, que a veces nos engañan; la distinción entre vigilia y sueño, que resulta imposible de establecer con certeza en un momento dado; y la seguridad de las verdades matemáticas, pues incluso ellas podrían ser producto de un error sistemático. En este punto introduce, como hipótesis heurística ficcional, la suposición de un genio maligno, sumamente poderoso y astuto, dedicado con toda su industria a engañarnos, capaz de haber dispuesto el mundo entero, mi cuerpo, mis sentidos y hasta la aritmética como pura ilusión. Esta hipótesis extrema no es una creencia metafísica de Descartes, quien afirma la existencia de un Dios veraz, sino un artificio metódico: solo llevando la duda al máximo puede uno estar seguro de que lo que resista a ella será verdad absoluta. Y en efecto, en la segunda Meditación, Descartes encuentra el punto arquimédico: aunque el genio maligno me engañe en todo, no puede engañarme sobre el hecho de que yo, mientras dude o piense, existo. El famoso cogito ergo sum surge así como certeza que resiste incluso a la hipótesis del engañador máximo. El genio maligno cumple así una función pedagógica y sistemática: purifica la búsqueda de la verdad de todo residuo dogmático, funda el sujeto pensante como primera certeza y abre el camino de la epistemología moderna, aunque a costa de generar el problema del solipsismo que atormentará a la filosofía posterior.