Definición
La distinción rigurosa entre poder y violencia constituye una de las intervenciones más originales de Hannah Arendt en la teoría política del siglo XX, formulada de manera sistemática en el ensayo Sobre la violencia (On Violence, 1970), texto redactado a partir de conferencias impartidas en la Universidad de Chicago en 1969 en pleno auge de la contestación estudiantil, el activismo Black Power y la guerra de Vietnam. Arendt se propone deshacer una confusión que atraviesa la tradición occidental desde Weber hasta Marx pasando por Sorel, C. Wright Mills y los teóricos del Estado moderno: la identificación entre poder y coacción, entre política y dominación.
Contra esa tradición, Arendt sostiene que el poder (Macht) es la capacidad humana no simplemente de actuar sino de actuar concertadamente. El poder no pertenece nunca a un individuo aislado; pertenece siempre a un grupo y permanece en existencia sólo mientras el grupo se mantiene unido. Cuando decimos que alguien está en el poder, en realidad queremos decir que ha sido investido por cierto número de personas para actuar en nombre de ellas. En cuanto ese grupo del cual el poder deriva se dispersa, el poder desaparece; el sujeto individual investido con esa autoridad queda como cáscara vacía. La legitimidad del poder deriva del hecho de que reúne al pueblo en la acción común, y su fuente última reside en el consenso deliberado, no en el mando jerárquico ni en el miedo.
La violencia, en cambio, es instrumental. Se distingue por su carácter técnico: es siempre medio para un fin y requiere implementos —armas, herramientas, dispositivos coercitivos— que amplifican la fuerza natural de sus portadores. Un solo hombre armado puede someter a diez sin arma; toda la retórica de la violencia gira alrededor de la multiplicación instrumental. Precisamente por ser instrumento, la violencia carece de sustancia legitimadora propia: puede ser justificada por los fines que persigue, pero nunca es legítima en sí misma. Y por ser instrumento, siempre puede escapar al control del fin que la invocó.
De esta caracterización se sigue la tesis más cortante del ensayo: poder y violencia son opuestos, no versiones del mismo continuo. Donde comienza la violencia, termina el poder. Los tiranos y los regímenes totalitarios recurren a la violencia precisamente cuando han perdido el poder; el terror es el signo de que la comunidad política ya no reconoce como suya la autoridad que la coacciona. Un régimen sostenido puramente por armas y policía es un régimen sin poder, aunque conserve momentáneamente el aparato de coerción. La revolución no violenta demuestra el fenómeno inverso: multitudes desarmadas pueden disolver aparatos represivos formidables cuando el poder concertado se retira del sostén tácito que hasta entonces les concedía.
El diagnóstico conecta con el análisis del totalitarismo desarrollado por Arendt en Los orígenes del totalitarismo (1951) y con su reflexión sobre la banalidad del mal en Eichmann en Jerusalén (1963). Ha sido decisivo para la teoría de la resistencia civil no violenta (Gene Sharp), para la filosofía política contemporánea (Habermas, Balibar) y para el análisis crítico de las democracias autoritarias del siglo XXI.