Definición

La crítica del fanatismo constituye uno de los ejes centrales del combate intelectual y político emprendido por François-Marie Arouet, conocido como Voltaire, a lo largo de su vasta obra publicada entre las Cartas filosóficas (Lettres philosophiques, 1734) y el Diccionario filosófico (Dictionnaire philosophique, 1764), culminando en su intervención en el caso Calas y en el Tratado sobre la tolerancia (Traité sur la tolérance, 1763). Voltaire, figura emblemática de la Ilustración francesa cuya influencia sobre la opinión pública europea del siglo XVIII resultó decisiva, define el fanatismo como aquella patología del alma que combina la certeza absoluta e irracional sobre las verdades últimas (típicamente religiosas pero también políticas) con la disposición a imponerlas a los demás mediante la violencia, la persecución y el asesinato. En su artículo Fanatismo del Diccionario filosófico, el fanatismo aparece como la más terrible enfermedad que puede aquejar al espíritu humano, superior en peligrosidad al escepticismo y al ateísmo porque estos últimos, al menos, no motivan directamente el crimen ni bendicen la matanza en nombre de una verdad revelada. La fenomenología voltairiana del fanatismo identifica una serie de rasgos característicos: la incapacidad de tolerar la existencia efectiva de creencias distintas de las propias; la elaboración teológica que legitima la violencia contra los infieles como cumplimiento de la voluntad divina; la manipulación de las pasiones populares por parte de sacerdotes, predicadores y demagogos que instrumentan el fervor colectivo para consolidar su propio poder; y la parálisis de la razón crítica en los sujetos fanatizados, incapaces de someter sus creencias al examen argumentativo ni de considerar la posibilidad del propio error. La respuesta que Voltaire propone al fanatismo es doble: la crítica sistemática de las supersticiones y de los dogmas mediante el uso público de la razón, y la construcción institucional y cultural de la tolerancia religiosa como principio de convivencia pacífica entre confesiones diversas en el marco de un Estado neutral respecto de las verdades últimas. Esta reflexión resultó fundacional para el liberalismo político moderno, para la separación entre Iglesia y Estado y para las declaraciones contemporáneas de derechos humanos y libertad religiosa.

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