Definición
La concepción de la filosofía como terapia constituye una de las intervenciones metafilosóficas más radicales del pensamiento del siglo XX y fue formulada por el segundo Wittgenstein, particularmente en las Investigaciones filosóficas (Philosophische Untersuchungen, obra póstuma publicada en 1953 pero cuyos manuscritos fundamentales se remontan al periodo 1936-1949) y en los cuadernos preparatorios reunidos posteriormente en el Big Typescript y en las Observaciones filosóficas. Esta concepción rompe explícitamente con el proyecto sistemático del Tractatus Logico-Philosophicus (1921), y con toda la tradición filosófica occidental en la medida en que ésta pretende resolver problemas filosóficos mediante la construcción de teorías, sistemas y explicaciones.
La tesis fundamental sostiene que los problemas filosóficos —problema mente-cuerpo, problema del libre albedrío, problema del mundo externo, problema de los universales, problema del yo, problema del significado— no son enigmas genuinos que requieran una solución teórica sino confusiones producidas por el mal uso del lenguaje. Cuando la filosofía se pregunta “¿qué es la mente?”, “¿existe el mundo externo?”, “¿qué es el tiempo?”, tomando los sustantivos del lenguaje ordinario como si nombraran entidades sustanciales cuya naturaleza esperaría ser descubierta, cae en trampas gramaticales que ella misma genera y luego pretende resolver. El sabio filosófico, según Wittgenstein, es aquel que ha dejado de caer en la trampa; no aquel que ha encontrado la solución al problema como si fuera un acertijo con respuesta.
La tarea filosófica se redefine entonces: no ya construir teorías sobre la realidad última, sino disolver las confusiones conceptuales mediante una descripción atenta del uso ordinario de las palabras en los distintos juegos de lenguaje (Sprachspiele) en que aparecen. Las palabras “mente”, “creer”, “saber”, “significar”, “sentir” tienen usos legítimos, contextualmente determinados, en la vida ordinaria; los problemas filosóficos surgen cuando las arrancamos de sus contextos de uso y las tratamos como si nombraran esencias abstractas. La filosofía no debe entonces avanzar hipótesis; debe recordarnos los usos que ya conocemos pero olvidamos cuando comenzamos a filosofar.
Wittgenstein compara esta actividad con la de la terapia. Su fórmula célebre —“mi objetivo es enseñarte a pasar de una tontería disfrazada a una tontería patente” (Investigaciones filosóficas, §464)— condensa la operación: no se trata de dar la respuesta correcta al problema filosófico, sino de mostrar que el problema tal como está formulado no admite respuesta porque descansa en una confusión gramatical. Cuando la confusión se disuelve, el problema desaparece, no porque se haya resuelto sino porque se ha revelado como pseudoproblema. En términos wittgensteinianos, el filósofo debe “mostrar a la mosca la salida del frasco”.
La terapia filosófica es lenta, laboriosa, minuciosa. Requiere paciencia con las tentaciones metafísicas que reaparecen constantemente, atención a los detalles del uso ordinario, resistencia al deseo de teorizar. Wittgenstein practica en las Investigaciones un estilo aforístico y dialógico que refleja esta actitud: preguntas, ejemplos, contrarrelatos, casos límite, sin sistema deductivo ni doctrina positiva final. La única enfermedad que la filosofía puede y debe curar es la que ella misma ha producido.
La influencia de esta concepción terapéutica ha sido decisiva en la filosofía analítica ordinaria (Ryle, Austin, Strawson), en la filosofía de la mente contemporánea (Kenny, Hacker), en las críticas al cognitivismo (Bennett y Hacker) y en las lecturas contemporáneas del segundo Wittgenstein (Cavell, Diamond, Conant, McDowell) que enfatizan su dimensión ética y transformadora.