Definición

El intelectualismo ético constituye la doctrina moral fundamental atribuida a Sócrates (470-399 a.C.) en los primeros diálogos de Platón —especialmente el “Protágoras”, el “Menón”, el “Gorgias” y el “Laques”—, así como en los testimonios de Jenofonte y Aristóteles. La doctrina sostiene tres tesis estrechamente entrelazadas y de enormes consecuencias filosóficas. Primero, la virtud (areté) es esencialmente conocimiento (episteme); ser virtuoso equivale a saber en qué consiste efectivamente el bien y por qué es el bien. La justicia, el valor, la templanza y la piedad no son disposiciones irracionales ni hábitos inculcados sino formas de saber, capaces de justificarse mediante razones. Segundo, la virtud es enseñable en la medida en que el conocimiento lo es, aunque Sócrates confiese modestamente no poder encontrar a los maestros idóneos. Tercero, y aquí reside la paradoja más provocadora, nadie hace el mal a sabiendas voluntariamente; toda mala acción es fruto de la ignorancia, del error en el cálculo sobre qué es realmente bueno. Nadie desea el mal como tal; quien obra mal lo hace bajo la ilusión de que ese acto le procurará algún bien, y su error consiste precisamente en confundir un mal aparente con un bien real. La consecuencia inmediata es la eliminación de la debilidad de la voluntad (akrasia) como fenómeno moral genuino: si alguien conoce realmente lo bueno, actuará conforme a ello; si actúa contra lo bueno, es porque no lo conocía verdaderamente. Este intelectualismo produjo perplejidad ya en Aristóteles, quien en el libro VII de la “Ética a Nicómaco” defenderá la existencia de la akrasia como fenómeno real y distinguirá entre saber teórico y saber práctico incorporado, y ha sido objeto de discusión permanente en la ética filosófica. La tesis socrática articula la filosofía griega clásica de la virtud, funda una relación esencial entre ética y epistemología, y anticipa desarrollos estoicos posteriores sobre la unidad del logos ético y cognitivo.

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