Definición
La categoría de nueva humanidad ocupa una posición programática en el pensamiento de Frantz Fanon y aparece de manera especialmente elocuente en la conclusión de Los condenados de la tierra (Les damnés de la terre, 1961), donde el psiquiatra martiniquense formula un llamado a los pueblos recientemente liberados del yugo colonial a no imitar a Europa —cuya humanidad se ha revelado moralmente bancarrota tras cuatro siglos de esclavitud, colonialismo, dos guerras mundiales, campos de exterminio y bombas atómicas— sino a inventar una humanidad nueva, un ser humano nuevo, un nuevo modo de estar en el mundo. La invocación no es utópica en sentido irrealista: es programática. Recoge las energías políticas y creativas que la descolonización ha desatado, para orientarlas hacia una tarea civilizatoria distinta.
Fanon había insistido a lo largo de su obra —desde Piel negra, máscaras blancas (Peau noire, masques blancs, 1952) hasta los ensayos reunidos póstumamente en Por la revolución africana (1964)— en que la descolonización auténtica no puede consistir en la mera transferencia de administradores europeos a administradores nativos, ni en la sustitución de banderas y símbolos estatales, ni en el reciclaje de las burguesías coloniales en burguesías nacionales que reproducen el mismo saqueo con otros pasaportes. La descolonización auténtica exige, primero, la lucha armada como proceso terapéutico colectivo que rehumaniza al colonizado al restituirle su agencia; segundo, la creación de una conciencia nacional popular articulada con la lucha pero no reducida al chauvinismo estrecho; tercero, y decisivamente, la producción de un nuevo humano que ya no esté organizado según las categorías del amo colonial —blanco/negro, civilizado/salvaje, humano/subhumano— porque estas categorías nacieron del proyecto colonial mismo.
La nueva humanidad se define por su ruptura con la mímesis. Fanon reprocha a las élites coloniales educadas su servilismo ante los modelos europeos, su intento perpetuo de demostrar ante el amo que también ellos son racionales, cultos, civilizados. Este esfuerzo mimético mantiene intacta la matriz colonial de reconocimiento y perpetúa la posición subordinada. La nueva humanidad no busca su reconocimiento en Europa ni valida su valor mediante la aprobación del blanco; produce sus propios criterios, sus propias formas de vida, sus propias configuraciones sociales, apoyándose en las tradiciones populares vivas —a las que Fanon nunca idealiza pero cuya potencia política reconoce— y en la creatividad revolucionaria de las masas.
Existe una dimensión escatológica no religiosa en el planteamiento: la nueva humanidad no está garantizada por ninguna dialéctica histórica, ni por una necesidad estructural, ni por la providencia; depende de la decisión política y de la creación colectiva. Puede fracasar, y de hecho ha fracasado repetidamente cuando las burguesías nacionales han traicionado el proyecto descolonizador y las nuevas repúblicas han reproducido la lógica extractivista del amo con otras banderas.
El concepto ha resonado en el pensamiento descolonial latinoamericano (Dussel, Grosfoguel), en el afropesimismo y el afrofuturismo, en las filosofías de la liberación y en la reflexión contemporánea sobre reparaciones y justicia histórica.