Definición
El simulacro es la categoría ontológica central que Jean Baudrillard elabora sistemáticamente en L’échange symbolique et la mort (1976) y en Simulacres et simulation (1981), y que sirve al conjunto de su diagnóstico sobre la posmodernidad como régimen semiótico cualitativamente distinto de los estadios previos de la sociedad occidental. Baudrillard construye la teoría del simulacro reelaborando polémicamente materiales heterogéneos: el análisis marxista del fetichismo de la mercancía y del valor de cambio, la crítica situacionista de la sociedad del espectáculo (Debord), la semiología estructural de Barthes, la crítica arqueológica del signo en Foucault y una lectura idiosincrática de Nietzsche y del pensamiento del intercambio simbólico en las sociedades arcaicas. El resultado es una genealogía del signo en cuatro estadios sucesivos. En el primero, el signo es reflejo de una realidad profunda: la imagen sacramental de la Edad Media representa lo divino como sacramento vinculado ontológicamente a lo que remite. En el segundo, característico de la modernidad clásica, el signo enmascara y desnaturaliza una realidad profunda: la representación ideológica, denunciable mediante la crítica, oculta pero presupone lo real como referente. En el tercero, propio del capitalismo industrial avanzado, el signo enmascara la ausencia de realidad profunda: ya no hay referente último, pero el signo mantiene todavía la ficción de representar algo, funcionando como coartada de una realidad ausente. En el cuarto y actual, el signo no guarda ninguna relación con ninguna realidad, es su propio simulacro puro, y aquí ya no hay diferencia posible entre lo verdadero y lo falso, entre lo real y la imagen. En este cuarto orden, la operación característica es la precesión de los simulacros: el modelo antecede lógica y temporalmente a la realidad, y la produce técnicamente en el mismo movimiento en que finge representarla. Los ejemplos que Baudrillard analiza son múltiples: Disneylandia funciona como coartada que oculta que todo Estados Unidos es Disneylandia; el mapa precede al territorio y lo genera; el escándalo Watergate se produce para simular que había todavía un orden moral capaz de escandalizarse; las guerras contemporáneas se libran ya siempre en la pantalla y por la pantalla. El simulacro no es entonces copia degradada de un original perdido, sino producción autónoma de realidad que ha desactivado la lógica misma de la representación. La categoría ha sido decisiva para los estudios culturales, la teoría mediática, la crítica del capitalismo cognitivo y los estudios contemporáneos sobre inteligencia artificial y deepfakes.