Definición

La distinción entre sustancia (ousía) y accidente (symbebēkós) constituye una de las intervenciones ontológicas fundacionales de la metafísica occidental y aparece formulada sistemáticamente por Aristóteles en el tratado Categorías (Katēgoríai), obra breve del Órganon dedicada al análisis de los géneros supremos del ser, y elaborada con mayor profundidad especulativa en el libro séptimo de la Metafísica (Metaphysika, redactada durante el periodo maduro del filósofo). La distinción se convertirá en piedra angular de la ontología escolástica medieval, será cuestionada radicalmente por la modernidad racionalista y empirista, y seguirá operando como referencia central del debate contemporáneo en filosofía analítica de la metafísica.

Aristóteles parte del análisis del lenguaje ordinario para identificar las categorías fundamentales bajo las cuales predicamos algo de algo. Cuando decimos “Sócrates es hombre”, “Sócrates es blanco”, “Sócrates está sentado”, “Sócrates mide cinco pies”, “Sócrates está en el mercado”, “Sócrates está enseñando”, estamos atribuyendo predicados diferentes al mismo sujeto Sócrates. Aristóteles identifica diez categorías —sustancia, cantidad, cualidad, relación, lugar, tiempo, posición, posesión, acción, pasión— y sostiene que la primera de ellas ocupa una posición ontológica privilegiada respecto de las nueve restantes.

La sustancia primera (prōtē ousía) es el individuo concreto: este hombre Sócrates, este caballo, este árbol. Es aquello de lo cual se predican las restantes categorías sin que ella misma se predique de otro. Sócrates es sujeto de todos los otros predicados: es hombre, es blanco, está sentado, mide cinco pies. Pero nada más profundo se predica de Sócrates de manera que Sócrates fuera meramente predicado accidental de otro sustrato subyacente. La sustancia primera es entonces el sujeto último de predicación, el sustrato ontológico irreducible que sostiene todos los demás determinaciones.

Los accidentes (symbebēkóta) son las determinaciones que pueden atribuirse a la sustancia sin que su presencia o ausencia altere lo que la sustancia es esencialmente. Sócrates puede estar sentado o de pie sin dejar de ser Sócrates; puede estar en el mercado o en la asamblea sin cambiar su identidad; puede estar bronceado o pálido, joven o viejo, enseñando o durmiendo, sin que ninguna de estas variaciones lo convierta en algo distinto. Los accidentes son las propiedades cambiantes, no esenciales, contingentes, que la sustancia puede tener sin tener que tenerlas.

La distinción se completa con la contraposición entre esencia (to ti ēn einai, literalmente “lo que era ser”) y accidente. La esencia es lo que la sustancia es por sí misma, aquello que la hace ser lo que es y no otra cosa, aquello que responde a la pregunta “¿qué es esto?” en el sentido más profundo. Los accidentes son lo que la sustancia tiene contingentemente pero podría no tener sin dejar de ser lo que es. La ontología parte, según Aristóteles, de esta partición fundamental entre lo esencial y lo accidental, entre lo que constituye la identidad del ente y lo que meramente lo modifica.

En la Metafísica Aristóteles complejizará el análisis mediante la distinción entre sustancia primera (el individuo concreto) y sustancia segunda (la especie y el género), entre materia y forma como principios constitutivos de la sustancia, entre acto y potencia como modos de ser, y explorará los grados de sustancialidad que se dan en el orden de la realidad. La sustancia deja de ser categoría exclusivamente lógica para convertirse en categoría metafísica plena.

La tradición escolástica medieval —particularmente Tomás de Aquino en el Comentario a la Metafísica de Aristóteles y en obras propias como De ente et essentia— desarrollará exhaustivamente estas distinciones y las aplicará a la teología (particularmente al análisis del misterio de la Eucaristía, donde los accidentes del pan permanecen mientras la sustancia se transubstancia en el cuerpo de Cristo). La crítica moderna a la sustancia como sustrato oculto detrás de las cualidades —Berkeley, Hume— cuestionará radicalmente la operatividad del concepto. La filosofía analítica contemporánea (Quine, Kripke, Wiggins) revisitará el problema con herramientas nuevas.

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