Definición

El inmaterialismo constituye el núcleo metafísico de la filosofía de George Berkeley, obispo anglicano irlandés y una de las tres figuras canónicas del empirismo británico junto a Locke y Hume. La tesis se despliega sistemáticamente en el Tratado sobre los principios del conocimiento humano (A Treatise concerning the Principles of Human Knowledge, 1710) y en los Tres diálogos entre Hilas y Filonús (Three Dialogues between Hylas and Philonous, 1713), obra apologética escrita para hacer accesible al lector culto no filósofo la doctrina expuesta en el Tratado. La fórmula célebre que condensa el inmaterialismo —esse est percipi (ser es ser percibido)— resume una posición filosófica más matizada y más argumentativamente construida de lo que suele apreciarse.

Berkeley parte de la crítica interna del empirismo lockeano. John Locke, en el Ensayo sobre el entendimiento humano (1690), había distinguido cualidades primarias (extensión, figura, movimiento, solidez, número) supuestamente inherentes a los objetos materiales tal como son en sí mismos, y cualidades secundarias (color, sabor, sonido, olor, textura) que dependen del sujeto perceptor. Detrás de las cualidades, Locke postulaba la sustancia material como sustrato desconocido pero necesario para sostenerlas. Berkeley argumenta que esta distinción es insostenible: las razones que muestran que las cualidades secundarias dependen del perceptor —variación según el observador, ausencia sin percepción— aplican igualmente a las cualidades primarias. La extensión percibida varía según la distancia, el tamaño según el observador, la forma según el ángulo. Si el argumento vale para el color y el sabor, vale para la figura y el movimiento.

De aquí Berkeley extrae la conclusión radical: no existe la sustancia material como sustrato independiente detrás de las cualidades sensibles. La supuesta materia es un supuesto vacío que Locke y los materialistas aceptan sin fundamento perceptivo ni argumentativo, en violación del propio principio empirista según el cual toda idea legítima debe derivarse de una impresión sensible. Como nadie ha percibido jamás la materia en sí, distinta de sus cualidades, la noción resulta ininteligible. Lo que existe son percepciones (ideas en el vocabulario berkeleyano) y espíritus (minds) que las perciben o las producen. Los objetos ordinarios —una mesa, un árbol, mi cuerpo— son colecciones de ideas sistemáticamente correlacionadas, no cosas materiales detrás de las percepciones.

Berkeley no niega la realidad de los objetos ordinarios ni cae en el solipsismo. Cuando cierro los ojos, la mesa no desaparece porque otras mentes la siguen percibiendo, y en última instancia porque Dios —el gran espíritu infinito— la percibe permanentemente. La regularidad de las percepciones sensibles no depende de mi voluntad; se me impone con constancia y coherencia porque proviene del sistema que Dios sostiene para que los espíritus finitos experimenten un mundo compartido y estable. El inmaterialismo, así entendido, es una teología empirista: preserva la ciencia natural (que estudia las regularidades entre ideas) y la vida ordinaria, mientras elimina la sustancia material como concepto vacío y potencialmente ateo.

La influencia del inmaterialismo ha sido considerable: David Hume radicalizará el análisis eliminando también las sustancias espirituales; Kant lo tomará como uno de los adversarios que la Crítica de la razón pura debe superar; Schopenhauer lo elogiará expresamente; el idealismo alemán lo prolonga en diversas versiones; la filosofía analítica contemporánea de la percepción sigue dialogando con Berkeley.

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