Definición
La articulación entre crianza y carácter constituye uno de los ejes analíticos centrales de la antropología de Margaret Mead, particularmente desarrollado en obras fundacionales como Adolescencia y cultura en Samoa (1928), Educación y cultura en Nueva Guinea (1930) y Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas (1935), y consolidado luego en el marco de la escuela de cultura y personalidad que Mead compartió con Ruth Benedict, Ralph Linton y otros discípulos de Boas. La tesis fundamental sostiene que las estructuras de carácter que los adultos exhiben en una sociedad determinada no son expresión de dotaciones biológicas universales ni de rasgos raciales innatos sino el resultado sedimentado de patrones culturales específicos de crianza, alimentación, disciplina, socialización de emociones y organización del vínculo temprano madre-hijo, patrones que cada cultura configura de modo distintivo y transmite generacionalmente. Esta tesis, formulada en polémica explícita con las teorías psicobiologistas y raciales dominantes en la primera mitad del siglo XX, permitió a Mead argumentar que fenómenos que Occidente naturalizaba como universales (la turbulencia adolescente, la agresividad masculina, la pasividad femenina, la rivalidad entre hermanos) eran en rigor productos culturales específicos, contingentes y transformables mediante la modificación de las prácticas de crianza. La ampliación cultural del carácter no implicaba negación de la dimensión psicológica sino su reinscripción en la matriz sociocultural que la produce, articulando así una antropología dinámica del temperamento que dialogaría fructíferamente con el psicoanálisis y con las ciencias del comportamiento. Su obra proyectaría implicaciones políticas evidentes al mostrar que las jerarquías y desigualdades caracterológicas atribuidas a la naturaleza podían ser reconfiguradas mediante intervenciones deliberadas sobre las instituciones de socialización primaria.