Definición
El criterio de las ideas claras y distintas (ideae clarae et distinctae) constituye la piedra angular epistemológica del proyecto cartesiano y aparece formulado sistemáticamente en las Meditaciones metafísicas (Meditationes de prima philosophia, 1641), particularmente en las Meditaciones tercera y cuarta, así como en los Principios de filosofía (Principia philosophiae, 1644, primera parte, §45-46). René Descartes lo elabora como respuesta al desafío escéptico radical con el que ha comenzado su itinerario meditativo: cómo salir del vórtice de la duda hiperbólica hacia una certeza que resista incluso la hipótesis del genio maligno.
La operación cartesiana clásica se despliega en tres momentos entrelazados. Primero, la duda metódica —extendida hasta la duda hiperbólica mediante la ficción del genio engañador— pone en cuestión todo conocimiento previo: los datos de los sentidos que a veces engañan, las verdades matemáticas que un ser omnipotente maligno podría hacer parecer evidentes sin serlo, incluso la existencia del mundo externo y del propio cuerpo. Segundo, en el punto de máxima duda, emerge la primera certeza indubitable: el cogito, “pienso, luego soy” (cogito ergo sum, o más precisamente en las Meditaciones, “yo soy, yo existo, siempre que lo enuncie o lo conciba”). El cogito no puede ser puesto en duda sin ser confirmado por el propio acto de dudar.
Tercero, y decisivamente para el problema que nos ocupa, Descartes reflexiona sobre el estatus de esta primera certeza para extraer un criterio general de verdad. ¿Qué tiene el cogito que lo hace indubitable? Precisamente el ser una percepción clara y distinta. Descartes define la claridad de una idea como su presencia manifiesta a la mente atenta: una idea es clara cuando está inmediatamente presente a la mente que la considera, sin oscuridad ni confusión. Define la distinción como la separación precisa de esa idea respecto de todas las demás: una idea es distinta cuando no se confunde con ninguna otra, cuando sus contornos conceptuales están perfectamente delimitados.
De aquí Descartes generaliza: todo lo que percibo con claridad y distinción como pertenece a esa idea es verdadero. El criterio se convierte en principio metodológico general: sólo debemos asentir a aquellas proposiciones cuya percepción es clara y distinta, y podemos y debemos asentir a todas las que lo son. Este criterio permite reconstruir el conocimiento sobre bases firmes: las verdades matemáticas son percibidas clara y distintamente, luego son verdaderas; el argumento ontológico prueba la existencia de Dios con claridad y distinción, luego Dios existe; Dios veraz garantiza que aquello que percibimos clara y distintamente corresponde efectivamente a la realidad, resolviendo así el círculo cartesiano que preocupó a los comentaristas desde Arnauld.
El criterio ha sido objeto de intensa polémica filosófica desde su formulación. Antoine Arnauld denuncia en las Cuartas Objeciones el círculo cartesiano: Descartes utiliza el criterio de claridad y distinción para probar la existencia de Dios veraz, y luego utiliza a Dios veraz para garantizar el criterio; el argumento parecería circular. Los empiristas británicos —Locke, Berkeley, Hume— cuestionan la posibilidad misma de identificar criterios internos de verdad sin apelar a la experiencia sensible. Kant reformula radicalmente el problema mediante la crítica trascendental, sustituyendo la búsqueda de un criterio de verdad por la investigación de las condiciones de posibilidad del conocimiento. Los fenomenólogos contemporáneos (Husserl, Merleau-Ponty) revisitan el proyecto cartesiano con matices considerables.
Independientemente del veredicto sobre su solidez argumentativa, el criterio de las ideas claras y distintas marca el inicio del racionalismo moderno y del proyecto epistemológico centrado en el sujeto que caracterizará buena parte de la filosofía occidental desde el siglo XVII. Su recuperación por Husserl como intuición evidente (Evidenz) muestra la persistencia de la intuición cartesiana en la filosofía del siglo XX.